https://noticias-ixtepec.blogspot.com/2014/06/jornaleros-de-bcs-tratados-como-esclavos.html
Son
las cinco de la mañana y el sol apenas quiere asomarse, pero las calles
pedregosas y los caminos polvorientos de la colonia Nueva Oaxaca ya están
llenas de cuerpos breves.
Transfigurados,
vampirescos, se vuelven visibles hasta que los camiones amarillos de luces
fluorescentes perforan lo que queda de la noche. Y se vuelven visibles hasta
que suben las escaleras del autobús y se acomodan en los asientos remendados
con cinta adhesiva gris, cuando asoman sus rostros discretamente por la
ventana, y acarician la humedad de la mañana.
Es ahí
cuando una luz artificial los ilumina.
Entonces se
echan para atrás, se apoyan en el respaldo, y de pronto esas siluetas que se
movían en la oscuridad vuelven a ser invisibles, sin rostro. Lo único que dejan
ver son sus ojos chiquitos negros, sin brillo, y un poco de piel cobriza que se
asoma contrastante entre paliacates coloridos que cubren nariz, boca y mentón;
llevan otro en la frente, y uno más en la cabeza.
Las llantas
se hunden en los baches de tierra seca, y el bus que hace unas cuatro décadas
recogió niños en los suburbios de Estados Unidos batalla para arrancar. El
ruido feroz de la vieja transmisión hace reaccionar a algunos, que comenzaban a
quedarse dormidos. El chofer logra acelerar a golpes y justo en ese instante
las llantas se destraban, los pequeños cuerpos que abordaron el camión, saben
que no hay regreso. “Que no les queda de otra”.
La tierra
del valle de Vizcaíno, en Baja California Sur, succiona la vida de miles de
jornaleros, que cada sábado llegan enganchados de Guerrero, Oaxaca y Veracruz,
entre otros estados, hasta la zona desértica mexicana a trabajar en las grandes
compañías agrícolas nacionales y extranjeras, que se asientan en el desierto
desde hace años.
Por eso
prefieren cerrar los ojos, soñar o esperar resignados el destino que se ganaron
por salir de la montaña, el monte o la sierra. Vizcaíno está muy lejos El
desierto de Vizcaíno arde como las brasas.
Cuentan que
cuando hace mucho calor la temperatura se dispara hasta los 50 grados
centígrados. Cuando el aire se enrarece, la boca se te agrieta y las comisuras
de los labios se te seca. Es difícil llegar hasta ahí. Vizcaíno aparece en
medio de la nada: entre cactus gigantes y grandes extensiones de arenales.
La carretera
transpeninsular —que conecta la península de Baja California— la parte en dos,
y pareciesen dos pueblos fantasmales. Se asoman casas de adobe y lámina a medio
terminar. Un pueblo que se le aparece como alma en pena a turistas que se
dirigen a los lujosos complejos turísticos de las playas de Los Cabos, destino
del jet set internacional. A siete, 10 o 40 kilómetros de la carretera se
erigen grandes campos agrícolas. Los jornaleros los bautizaron “campos de
concentración”.
Dicen que la
referencia es exacta: “no se permite la entrada a nadie ajeno, no se te permite
salir nunca, nunca”, comenta Baltazar. No es su nombre real, lo sabemos. No es
grande. Apenas cinco por cinco metros.
Tres mesas,
un ventilador. El cuarto es discreto, y cuelgan de sus ventanas cortinas
negras. Nuestro primer encuentro con Baltazar fue a las 10 de la noche de un
día de mayo.
Baltazar
pertenece a una organización que se teje en secreto, y discretamente ayuda a
los jornaleros: son la resistencia, en un pueblo donde el único sistema que
presuntamente impera es el feudalismo.
“Cuando
llegan a Vizcaíno los indígenas se convierten en peones, viven en ‘campos de
concentración’ propiedad del patrón, sólo les permiten comprar en sus tiendas
de raya y todos los días en el campo los aterrorizan otros indígenas, igual que
ellos, los mayordomos”, cuenta el hombre que hace muchos años llegó como
jornalero.
“Se entra
pero no se sale” “Sólo existe una forma de entrar al rancho, entrarle pizcando.
Así, llegar a los camiones a las cinco y media de la mañana y pedir trabajo”,
nos advierte una oaxaqueña chaparrita de cabellos negros y mejillas redondas,
compañera en la causa de Baltazar. “¡Ah, pero no digan que vienen del sur,
están muy blancos, díganle al mayordomo que vienen de Sinaloa, del pueblo que
quieran!”, recomienda.
Son las
cuatro de la mañana y hay que estar de pie con exactitud. Te vistes con los
ojos cerrados: un pantalón tan tieso que de tanto usarlo ya se ha amoldado a tu
cuerpo; una camisa de manga larga oscura, que ha quedado por siempre manchada
de rojo y una chamarra usada jaspeada de tierra.
Pero nada
importa más en la pizca que los paliacates: desde que sales a la calle, el aire
sopla y levanta una alfombra de polvo; el clima en las madrugadas en el
desierto puede descender hasta cero grados.
Al llegar al
campo, ese paliacate se convierte en el único “santo protector” que mantiene tu
rostro alejado de los pesticidas. Son las cinco y media de la mañana y en la
colonia Nueva Oaxaca —un asentamiento de pequeñas casas de madera— decenas de
camiones aceleran de un lado a otro. Pero el que va al rancho El Piloto, uno de
los más grandes, ya se ha ido.
Se adelantó
y pasó a las cinco de la mañana. Los jornaleros tendrán que correr más de ocho
kilómetros para llegar al campo. Y de ahí otros tantos hasta la puerta donde
empezará la pizca de fresas, el oro rojo.
Al llegar a
la puerta que se erige imponente de concreto, un hombre chaparrito de sombrero
de ala ancha y botas picudas nos intercepta. Las plumas amarillas, augurio del
sol que pegará en un par de horas, te frenan abruptamente.
—¿Pa’dónde?,
pregunta el cuidador, también un indígena.
—No´más a´i,
a llevar a éstos a trabajar—, contesta uno de los reporteros al que
confundieron con un “patrón”.
El cálculo
no es exacto: casi todos lo desconocen, porque dicen, que cuando caminas bajo
el sol o la inmensidad de la hosca noche, pierdes la noción del tiempo. Algunos
jornaleros creen que podrían ser más de 10 kilómetros de desierto para llegar a
la puerta de pizca.
Al ingresar
nos unimos con un grupo, todos enfilados: descienden de los camiones cientos de
indígenas; los recién llegados como nosotros, y los que viven en el campamento
del rancho, nos lavamos las manos y entramos apresurados.
Son las seis
de la mañana y los ranchos de sembradíos no sólo se avistan por el verdor de la
tierra, sino por que están flanqueados por troncos con alambres de púas.
Mary y Elías
son dos son jóvenes jornaleros que viajaron desde Sinaloa, allá se acabó el trabajo.
Durante años anduvieron en la pizca del pepino y los delatan sus manos
magulladas.
Pero en
Vizcaíno no tienen idea de cómo se corta la fresa. Se abrazan cariñosos, aunque
sus ropas y rostros están envueltos en una capa de polvo —como la de todos los
jornaleros— y se dan un beso antes de empezar la jornada.
Al llegar al
campo la pregunta obligada: “¿han cortado fresas?”, espetan un par de señoras
imponentes, no por su porte sino por la agresividad con la que se dirigen: son
flaquitas, unos 45 kilos, de piel color chocolate y ojos rasgados, intercalan
el español con un idioma que no entiendo; después nos explican que es mixteco
alto, de la sierra de Oaxaca. —No nunca—, contestamos los tres extraños, de
piel morena clara y manos lisas.
Insiste en
saber de dónde somos, por qué estamos ahí, por qué somos tan “güeros”. —A ver
destápate la cara—, me ordena y toca mis manos, delicadas, pálidas. —Que somos
de Sinaloa—tercio.
La pizca
“¡No, no, no, no, así no!”, nos recrimina Ramiro, mayordomo de uno de los
ranchos en donde se han denunciado más irregularidades en Vizcaíno.
Ramiro está
desesperado porque no somos productivos. El indígena originario de Guerrero se
ve más viejo de lo que es. Apenas cumplió 48 años, y aunque aún sus cabellos
conservan el color oscuro, parece de 60.
Anda con su
piel quemada y grietas en la cara. Procreó siete hijos, y trabaja desde hace
casi 30 años en el rancho. Un día lo ascendieron a mayordomo: le entregaron un
radio y el poder de gritarle a sus iguales.
Como Ramiro,
en los ranchos de Vizcaíno se ha implementado un sistema de seguridad y
explotación laboral de corte feudal: cientos de mayordomos vigilando a los
jornaleros que recolectan la fresa en el surco que esté de temporada.
Además,
mujeres de cara achatada, con lista en mano, recriminar la falta de
productividad; un grupo de adolescentes dan vueltas en bicicletas para reportar
quién no está pizcando; un par de pick up evitan a toda costa que escapen los
jornaleros, y un ingeniero agrónomo, el más respetado por todos. “Chínguenle,
chínguele pues, échanle ganas”, nos dice Ramiro.
A veces,
sólo por unos instantes, se vuelve el indígena tímido que llegó en busca de una
vida mejor. “Mira, la fresa se corta desde el tallo, pero delicadamente porque
si no se magulla y ya no la quieren los gringos. Imagínate que es una mujer, a
una mujer la vas a tocar con ternura”, explica a otro indígena que nunca había
pizcado fresas. Son las ocho de la mañana, y la piel comienza a ponerse áspera:
entre los jornaleros se sabe que la pizca más “madreada” es la de la fresa,
porque se siembra a ras de piso.
Hay que
agachar la mitad del cuerpo hasta la tierra, como un contorsionista; hasta que
termines de recolectar el surco de 70 metros. El ácido de las fresas agrieta
las manos, las inflama. Pareciese que sangran, que arden en rojo.
Los
jornaleros tienen las rodillas humedecidas del jugo y moreteadas de tanto
recargarlas. La espalda y la cintura destrozadas: “es horrible, sientes que no
puedes ni caminar, pero bueno no queda de otra y te acostumbras”, platica un
compañero. Hoy es uno de los días más calientes: la temperatura alcanzó 40
grados centígrados. Toda la vestimenta que te pusiste en la mañana para
aguantar el frío del amanecer, se convierten en penitencia. Y cuando sale el
sol, el cuerpo comienza a desvanecerse, sueñas con tirarte en medio de los
surcos y dejarte desfallecer. Morir entre fresas hechas papilla por el peso de
tu cuerpo, y tierra seca.
—¿Podemos
irnos; nos sentimos muy mal?— pregunto.
—¿Qué? No,
no, aquí en los campos no te vas, sólo al comedor a la hora de la comida y el
camión te llevará al campamento donde viven todos, ahí puedes preguntar en
dónde te van acomodar para que vivas aquí— contesta otro mayordomo que habla un
poco de español.
Faltan
cuatro horas para el almuerzo y la pizca debe continuar: en una caja verde se
echan las fresas de segunda calidad; en la blanca, las de primera, de
exportación. La caja verde pesa unos ocho kilos y hay que correr con ella al
hombro, hasta un tráiler.
—Pero de
verdad yo no ya puedo, no puedo dar un paso— me quejo.
—Sí puedes,
aquí todos pueden y hasta de dos cajas, contesta el mayordomo con risa burlona.
Es entonces
cuando otro de los reporteros decide cargar mi caja, y la de él. Pero eso no es
anormal. En el rancho, a la vista de todos, niños y jóvenes de entre 10 y 17
años las pizcan y cargan, a pesar de que la ley estipula que los menores de
edad no pueden trabajar. Hoy una jovencita que carga su caja y la de su
hermanito menor.
Su pequeño
cuerpo se desbarata cuando intenta cargar los ocho kilos. En el campo se vale
“frentear” por los niños de la familia. Al final de la jornada matutina, medio
turno le llaman los mayordomos, que empieza a las seis de la mañana y termina
al mediodía logramos recolectar apenas tres cajas de fresas; un jornalero con
un poco de experiencia logró reportar 13. Ganamos 46 pesos.
Tal vez eso
nos delató, por eso el par de camionetas nos perseguían. “Van para el lado de
los baños, hay que cuidarlos porque no son de aquí, ten cuidado”, se escuchaba
en la frecuencia de los mayordomos. Había que salir, o nos llevarían a los
campamentos y de ahí regresar a la pizca hasta el anochecer.
Corrimos
entre tierra verdosa y abandonamos el rancho en la misma camioneta en la que
entramos. Antes subimos a los tráilers las cajas que se irían a Estados Unidos
y a otras entidades del país.
Al
revisarlas, unos hombres refunfuñan: “están horribles , todas mal acomodadas,
ándale ya vete súbete al camión”, al tiempo que gritaban a otro indígena: “deja
la caja allá, a ver si eso sí lo puedes hacer bien”.
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