CALDERÓN, LA TRAICIÓN AL PAN



PESADILLA ALBIAZUL: FRACASO POLÍTICO Y DERROTAS

Deja un partido dividido, desarticulado y sin identidad

Álvaro Delgado


México, D.F.- Evaluado en las elecciones como gobernante inepto, productor de violencia, pobreza, burocracia y corrupción, Felipe Calderón fue también desde el poder un personaje nocivo para el Partido Acción Nacional (PAN): Lo hizo apéndice del Poder Ejecutivo y lo envileció.

Definido por sus correligionarios como truculento, colérico y desleal, Calderón dividió, confrontó, maltrató y traicionó a los panistas –incluidos a los de su propia facción–, que heredan un partido sin identidad, desarticulado y con tendencia a la irrelevancia electoral.

En su megalomanía de ostentarse como jefe del Ejecutivo, al que llegó bajo sospecha de fraude, Calderón contradijo sus propias proclamas de actuar con “ética política” y hacer del poder “no galardón de concupiscencias personales, sino herramienta de cambio (y) un instrumento valioso de salvación de México”.

Con esas banderas y con la de “ganar el gobierno sin perder el partido”, asumió la presidencia del PAN, en marzo de 1996, pero tres lustros después, tras su sexenio en Los Pinos, ocurrió exactamente lo contrario: Perdió el gobierno y se perdió el partido.

Y ahora, ante su inminente exilio, los agraviados del PAN traman su venganza –incluida Josefina Vázquez Mota, que se dice traicionada–, como se lo anticipó el senador Javier Corral en la carta en que le devuelve el calificativo de cobarde:

“Espérate a que conozcas la con­dición humana a partir de que dejes el poder y entiendas que lo que más te ha perjudicado eres tú, tu carácter colérico al que le gana el coraje en cualquier momento”.

Calderón se irá de México tras entregar la banda presidencial al priista Enrique Peña Nieto, el 1 de diciembre, acto cuya interpretación que Corral le compartió es lapidaria: “Lo sabes bien, ese momento condensará, como ninguna crítica o análisis, tu fracaso”.

Asalto al PAN

Aun antes de su toma de posesión, en 2006, tramó arrebatarle la presidencia del PAN a Manuel Espino para controlarlo a través de sus incondicionales, pese a que los fundadores puntualizaron siempre que partido y gobierno son dos entidades separadas.

Germán Martínez, secretario de la Función Pública, y César Nava, secretario particular de Calderón, fueron los prospectos para relevar a Espino, y ellos mismos esperaban sólo la señal de su jefe.

--¿Cuándo comienza su campaña por la presidencia del PAN? –le preguntó el reportero a Nava, a finales de julio del 2007.

–Eso tendrá que decidirlo el presidente.

–¿Cómo?

–Sí. Hay que esperar lo que decida el presidente.

--¿Se da cuenta de lo que dice? Subordina su decisión a la voluntad de un solo hombre.

–Bueno, formo parte de un equipo.

–¿Pero quiere ser presidente del PAN?

–Lo decidirá el presidente –ratificó.

Martínez Cázares también quería presidir el PAN, pero no era decisión suya: “Si el presidente lo ordena, sí”.

Candidato único, bendecido por su jefe y convalidado por el Consejo Nacional integrado con el poder de la nómina gubernamental, Martínez relevó a Espino, en diciembre de 2007, pero llevó al PAN a la sonora derrota en las elecciones de 2009, tras lo cual renunció y se dedicó a hacerse millonario como abogado y gestor.

Una de las causas del desastre fue la imposición de candidatos del PAN a diputados por órdenes de Calderón, quien en una ocasión, el 16 de abril de 2009, regañó a Martínez por no haber seguido sus órdenes.

Espino lo reveló a Proceso: “El secretario general del partido, Rogelio Carbajal, me dijo que el día anterior el presidente le había levantado la voz, había regañado, había maltratado al presidente nacional del PAN, porque no estaba satisfecho con las listas”.

El desastre

Al relevo de Martínez entró Nava, el otro incondicional de Calderón y también sin adversario enfrente, y de inmediato integró una comisión, presidida por José Luis Coindreau, para saber las razones de la derrota.

Proceso lo reveló, en julio de 2011, el contenido del informe que detallaba el proceso de descomposición del PAN, debido a conductas que le concernían al propio Calderón como gobernante y dirigente partidista.

“En el comportamiento de los panistas no aplica la fuerza de las ideas, sino la fuerza del interés, la nómina y el poder”; “no hay agenda para y con la sociedad”; “se han tolerado actos de corrupción de funcionarios y militantes”; “se ha privilegiado el arribismo y el oportunismo”; “se permite la democracia simulada”, y se impone “la aplicación discrecional de estatutos y reglamentos”.

El documento de la Comisión de Reflexión y Análisis, cuya clasificación de “alta confidencialidad” lo había convertido en un documento secreto, era lapidario: “Hemos dejado de ser escuela de ciudadanía” y “ya no somos el partido del cambio”.

El PAN como gobierno también era, en 2009, un fracaso: “No hemos construido un modelo de gobierno panista” (…) y asumimos la práctica priista”.

No sólo eso: “Ha aumentado el desempleo”, “algunos funcionarios hacen negocios desde el gobierno”, “no se redujo el dispendio”, prevalece el “nepotismo”, “hay comportamientos públicos vergonzosos que quedan impunes”, y “se manda un mensaje contradictorio al ejecutar programas contra la pobreza manteniendo el despilfarro y lujo de políticos”.

A este diagnóstico correspondió el desdén de Nava y de Calderón, quien todavía quiso imponer un tercer presidente del PAN, Roberto Gil Zuarth, en la elección interna de 2010, que marcó también la ruptura de la facción felipista.

Al propio Gil Zuarth lo abandonó Calderón cuando Gustavo Madero le hizo saber que la organización de El Yunque amenazaba con romper con el PAN, por lo que ordenó a Francisco Blake, secretario de Gobernación, decir que “la línea es que no hay línea” y operar a favor del chihuahuense.

La traición

Pese a que juró que no intervendría en la elección interna por la candidatura presidencial del PAN, quiso imponer a Ernesto Cordero y, al fracasar, se consagró a conseguir candidaturas para sus allegados mientras le negó el respaldo a la candidata Josefina Vázquez Mota.

Sobrevino el desastre electoral, pero Calderón nunca hizo una mínima autocrítica de su injerencia en el PAN ni menos aún de su gestión de gobierno, que él definió como exitoso por la aprobación ciudadana que tenía antes del proceso electoral.

En su discurso en el Consejo Nacional, el 11 de agosto, dijo: “El hecho de que el gobierno haya llegado a la veda electoral con un nivel de aprobación del 66%, según encuestas de diversos medios, y que el partido no haya obtenido más del 26% de los votos habla de nuestra debilidad crónica para traducir en apoyo político electoral lo mucho o poco que se hace a nivel gubernamental, desde el más modesto de los municipios hasta la Presidencia de la República”.

En realidad, según encuestas como Mitofsky, Calderón llegó al día de la elección con sólo 35% de aprobación, la mitad de lo que él dijo tener en marzo y que sí lo tuvo Vicente Fox en 2006.

Lo que sí hizo Calderón fue describir al PAN como un partido envilecido: “Hay que decirlo con toda franqueza, construimos mecanismos que han llevado al control clientelar de los padrones internos, a la pérdida de calidad de la militancia y al envilecimiento de la democracia interna del partido.”

De su responsabilidad en la crisis del PAN no hizo la mínima autocrítica, aunque son cada vez más los panistas que lo hacen no sólo corresponsable directo de la derrota, sino de haber traicionado a Vázquez Mota, como Fox.

Hijo de Luis Calderón Vega, uno de los próceres del PAN que renunció a su militancia, Calderón fue incapaz de ser congruente hasta con él mismo y enfrenta el repudio creciente de sus correligionarios, muchos de los cuales se vengarán de él una vez que deje el poder.

Juan José Rodríguez Prats fue de los pocos panistas que, públicamente, pidieron congruencia a Calderón. “Es un gobierno mediocre”, dijo al inicio de la gestión y Calderón cobró venganza de él.

–¿Qué define a Calderón? –se le pregunta.

–Al heredero de Luis Calderón lo define la traición.

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